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Hace algunos años participé de
una charla que tú ofreciste en Valencia (Venezuela) y el tema era
solamente podemos ser lo que somos y relataste una
leyenda artesanal que quisiera me la recordaras, porque los
detalles se me han perdido en el tiempo. ¿Podrás?
Claro que sí y se la voy a enviar a todos mis amigos y amigas porque
es muy pertinente. Gracias por acordármela.
Una leyenda es algo así como una relación de sucesos que
tienen más de tradicional y maravilloso que de lo que sería
histórico o verdadero, pero muchas veces estas leyendas llevan
consigo enseñanzas importantes, y por eso se transmiten de una
generación a otra, En ese aspecto, las leyendas son lo mismo que
las parábolas que narran sucesos fingidos, no ciertos históricamente,
de los que se deducen enseñanzas importantes.
De momento no se me escapa de la memoria la trágica muerte de una
querida compatriota puertorriqueña, madre de dos niñitas,
que se acortó su preciosa existencia al someterse a los procesos
de embellecimiento físico, a través de la extracción
y depósito de las grasas de su cuerpo por medio de la liposucción
y lipoinyección, queriendo ir más allá de lo que
era su propia naturaleza.
Como, además de artesano tallador de la madera, soy ornitólogo
y juez, he construído esta simpática leyenda, para luego,
al final, relacionarla a lo que ocurre en nuestro ambiente cultural-artesanal
puertorriqueño, a principios del siglo 21. En la leyenda veremos
como los indios Cayapas del Ecuador le transmitían a sus hijos
el hecho transcendental de que solamente podemos ser lo que somos.
He titulado esta leyendo como La Leyenda del Guacamayo Jacinto
que, para los que no lo sepan, es la cotorra más grande del mundo
y llega medir unas 40 pulgadas, es de color azul añil y tiene unas
marcas amarillas alrededor de sus ojos y en la base de su pico curvo,
que mide unas seis pulgadas. Es una ave realmente majestuosa pero,
no pierdan de vista que esta leyenda es producto de mi imaginación,
con perdón de mis buenos amigos ecuatorianos, con los cuales también
he compartido bastante,
y que les agradezco tanto que me hayan llevado
al Monumento La Mitad del Mundo, al Monte Pichincha y tantos lugares hermosos
de su querido país,
la leyenda dice así:
Por allá por el Ecuador, existen varias tribus de indios. Los Cayapas
toman su nombre del Río Cayapas, por cuyas riberas habitan.
Esta tribu se dedica a la agricultura, cosechando plátanos, habichuelas,
guineos, tabaco y manufacturando canoas, remos y ron. Varias veces al
año emprenden expediciones de mercadeo a otros lugares lejanos
donde se reunen con otras tribus, como los Otavalán, los Colorado,
y otros habitantes de la cordillera Andina.
En estas reuniones mercantiles, los indios Cayapas, adquieren, por compra
o trueque; algodón, seda, agujas e hilos, kerosén, fósforos,
anzuelos para la pezca, botas de goma, sombreros, machetes, herramientas,
municiones para sus escopetas, y otras cosas. Todos estos intercambios
suceden durante las horas del día pero las noches son mucho más
tranquilas, especialmente si creen que han tenido éxito en los
intercambios.
Entonces, durante las noches, alrededor de las fogatas, se reunen en grupos
pequeños a intercambiar leyendas y cuentos. Una de estas leyendas
que relataban los indios Cayapas es La Leyenda del Guacamayo Jacinto,
cuyo nombre científico es Andorhynchus hyacinthinus.
No perdamos de vista que estas aves son naturales de Brazil y que estos
indios posiblemente nunca en sus vidas han visto un Guacamayo Jacinto
(lo mismo que la mayoría de las personas que están leyendo
esto ahora mismo). Tenemos que asumir que la historia la originaron los
indios Bororo de Brazil y que la misma fue transmitida a través
del tiempo y la distancia hasta llegar al Ecuador.
En un principio muy muy muy lejano, el Guacamayo Jacinto, aunque se asemejaba
a otras aves era mucho más grande que todas ellas. Era totalmente
de color azul, como el cielo, por lo que era difícil observarlo
cuando volaba sobre los árboles del bosque. Su pico era recto,
como el de los canarios, y lo usaba para remover la corteza de los árboles
en busca de insectos para comer y también se alimentaba del nectar
de las flores, al igual que lo hacen los picaflores.
El Guacamato Jacinto vivía una vida libre de preocupaciones, porque
su tamaño era tan grande que no le tenía temor a ninguna
otra ave. Y lo otro era que vivía en lugares tan altos, en el tope
de los árboles, que permanecía en lugares inaccesibles para
cualquier otro animal, excepto por alguna que otra culebra que llegaba
hasta sus nidos para tratar de robarle sus pichones. Por su gran tamaño
y pico largo y puntiagudo, el Guacamayo Jacinto no le temía a las
culebras y, después de todo, muy pocas se atrevían aventurarse
a tales alturas porque en el camino se encontraban con nidos más
accesibles de otras aves incapaces de defenderse, como lo hacía
el Guacamayo Jacinto.
Como he señalado, el Guacamato Jacinto vivía una vida libre
de preocupa-ciones y hasta era un poquito necio al pensar que podia hacer
lo que le diera la gana. Lo que más deseaba era volar a mucha altura.
A tanta altura quería volar hasta que le fuese posible alcanzar
el sol. Al Guacamayo Jacinto le encantaba el calor del sol que se precipitaba
a través del rocio mañanero, cuando volaba sobre el tope
de los árboles del bosque por las mañanas. En esos momentos
el podia extender sus alas y dejarse llevar por las corrientes de aire,
calentadas por el sol, que le permitía remontarse a grandes alturas.
Un día, el Guacamayo Jacinto decidió volar hasta el mismo
sol y así se lo notificó a las otras aves y animales del
bosque. Todos le dijeron que dejara de hacer el ridículo. El
sol es nuestro padre, le dijeron, lo tienes que tratar con
respeto. No puedes volar hasta el sol y tocarlo. ¿Qué te
pasa? ¿Estás loco?
Un viejo y sabio hechicero, de nombre Tupiyama, alcanzó escuchar
al Guacamayo Jacinto cuando anunciaba sus planes de volar hasta el sol.
Después que todas las otras aves y animales se habían retirado,
Tupiyama llamó al Guacamayo Jacinto y cuando el guacamayo se posó
sobre los hombros de Tupiyama, este aprovecho para decirle:
Amigo mío, ye voy a dar un consejo. No debes emprender esa
aventura,... sería muy irrespetuoso de tu parte. Además
de eso, no es tu naturaleza volar a tales alturas.
Y continuo el viejo y sabio hechicero Tupiyama diciéndole al Guacamayo
Jacinto: Solamente el condor y el buitre pueden volar a tales alturas,
porque ellos son mucho más grandes y poderosos que tu y, aún
así, fíjate que a ambos se le han quemado las plumas de
sus cabezas. Quédate donde tu perteneces sobre los árboles
del bosque.
El Guacamayo Jacinto agradeció el consejo y la preocupación
de Tupiyama, pero no le hizo caso y le repitió que el quería
volar hasta el mismo sol. En ese mismo momento se elevó de tal
manera y con tal fortaleza que al poco tiempo se encontraba mucho más
alto que el tope de los árboles del bosque.
Voló y voló el Guacamayo Jacinto cada vez a mayor altura
y cada vez se acercaba más y más al sol. Nunca antes el
Guacamayo había volado tan alto, y para hacerlo tuvo que hacer
uso de todas sus fuerzas y energías, a pesar de que era ayudado
por las corrientes de aire caliente de la atmósfera.
Ya cercano al sol, se sintió contento por el calor que experimentaba,
pero estaba sumamente cansado. Tan agotado estaba que perdió el
control de sus alas y cayó precipitadamente sobre la superficie
del sol.
El impacto fue terrible, y su cara la que recibió mayor castigo.
El calor del sol era insoportable, por lo que el Guacamayo trató
de alejarse de inmediato de la superficie del sol, y se encontró
nuevamente cayendo sin control, pero esta vez alejándose del sol,
atravesando el firmamento hacia los árboles del bosque.
Sin ningún tipo de control sobre su vuelo, daba giros, vueltas
y era sarandeado por los fuertres vientos, hasta que finalmente logró
extender sus alas y recobrar su estabilidad. Esto detuvo la velocidad
de su caída justo cuando se acercaba a los árboles más
altos del bosque, logrando posarse finalmente sobre sus ramas.
Por muchas horas el Guacamayo Jacinto se quedó inmovil, sobre la
copa de los árboles, recuperando sus fuerzas. Pasado el susto,
comenzó a sentir hambre y voló hacia una arboleda vecina
para extraer nectar de las flores, como era su costumbre, pero no podía
porque del impacto tan fuerte que recibió cuando cayó sobre
la superficie del sol su pico se dobló hacia abajo, y ahora tenía
el pico curvo.
Trató de remover la coteza de los árboles en busca de insectos
y se encontró que tampoco podia hacerlo. Sencillamente, con su
nuevo pico curvo, doblado hacia abajo, no podia alimentarse. Entonces,
comenzó a llorar por el hambre y la frustración, y todas
las otras aves y animales vinieron a acompañarlo.
Al verlo con el pico doblado hacia abajo, todas las aves y los animales
comenzaron a reirse, y con coraje el Guacamayo Jacinto les dijo: Me
estoy muriendo de hambre, no puedo comer y ustedes lo que hacen es reirse
de mi. A lo que las aves y los animales del bosque replicaron: Es
que tu pico está doblado hacia abajo y ahora tienes hasta manchas
amarillas en la cara.
El Guacamayo Jacinto, no podia creer lo que escuchaba, voló hacia
el río cercano para ver su reflejo en el agua, y efectivamente
se percató de que tenía manchas en la cara, alrededor de
los ojos y a los lados de su boca, del color amarillo que el sol le restregó
en la cara, cuando se precipitó sobre su superficie.
Sumergió su cabeza en el agua pero el color amarillo no se disipaba
de su cara. Colocó su pico entre las endijas de un árbol
y haló hacia atrás con fuerza, para ver si podía
enderezar su pico, pero todo esfuerzo fue infructuoso. Entonces, el Guacamayo
desconsolado y triste comenzó a llorar otra vez.
Pronto llegó el viejo hechicero Tupiyama y al ver el Guacamayo
Jacinto no tuvo otra alternativa sino que ponerse a reir y le dijo: Ahora
tu apariencia luce tan ridícula como tu actitud. Te lo dije, amigo
mío, no intentes volar hasta el sol, no es propio de tu naturaleza
hacerlo. El Guacamayo respondió: Bueno, tenías
razón Tupiyana, pero ya lo hecho está consumado, ¿Qué
puedo hacer ahora?
Tupiyama metió su mano en la bolsa que traía y extrajo algunas
nueces, y le dijo: Este será tu alimento de ahora en adelante.
Todas las personas, aves y/o animales se van a reir de tí, cada
vez que te vean, por las manchas amarillas de tu cara. Serás, sin
duda, un ave grande y ponderosa, pero tu absurda apariencia será,
por siempre, un recordatorio de tu necedad al no hacer caso de consejos
sabios y tratar de ir más allá de lo que es tu propia naturaleza.
Todos queremos ser felices, de una forma u otra, pero tenemos que comprender
que la felicidad solamente es producto de hacer las cosas correctas y
apropiadas.
Esto conluye La Leyenda del Guacamato Jacinto. Ahora, nos
resta a nosotros aplicar la sabiduría de los indios Cayapas y del
viejo hechicero Tupiyama, a la realidad en que nos desenvolvemos, en el
ambiente cultural-artesanal. Porque absolutamente, todo lo que pretendamos
hacer en la vida (en el mundo de las artes, de las artesanías,
de la talla de la madera o fuera de el) debe tener el reconocimiento previo
de que solamente podemos ser lo que somos.
Vamos a aplicarnos el cuento (digo,
la leyenda) y por lo menos,
en nuestro pequeño mundo cultural-artesanal; el que no sea artesano
o artesana, que no pretenda serlo; el que no sea tallador o talladora
de santos, que no pretenda serlo y, sobretodo, el que nunca le ha dado
ni tajo a un pedazo de madera, nunca ha logrado realizar ni una sola pieza
tridimensional, nunca ha participado con el producto de su trabajo en
un certamen de talla de madera, pues que no pretenda ser juez de lo que
no conoce, ni entorpecer el que los verdaderos artesanos y artesanas,
talladores y talladoras se encaminen hacia su propios derroteros.
Recuerden que cada cual solamente puede llegar a ser lo que es. Eso es
todo.
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